Bosquejos

TÍTULO: Bienaventurados los pobres

TEXTO: «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mateo 5:3)

LECTURA BÍBLICA: Mateo 4:23-5:3; Lucas 6:12-20

INTRODUCCIÓN. El Sermón del Monte es el más admirable que jamás haya sido predicado por el predicador más admirable que jamás haya existido. El predicador es «el Verbo de Dios.» De El testificó Dios: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd» (Mateo 17:5). ¿Qué manera mejor de ocuparnos los domingos por la noche que con una serie prolongada de sermones tomados de este, el mayor de los sermones? Con el Sermón del Monte como contenido, alguien podrá predicar mejor el evangelio, pero nadie podrá predicar un evangelio mejor. ¿Qué dijo Jesús? ¿Qué significado tenía su mensaje para los primeros oyentes? ¿Cuál es su valor para nosotros hoy en día? Mateo y Lucas han conservado este sermón para nosotros en Mateo capítulos 5 al 7 y en Lucas 6:17-49. Mateo fue testigo presencial; Lucas afirma que recibió su información de aquellos que fueron testigos oculares (ver Lucas 1:1-4). Ambos relatos son resumidos. El Sermón del Monte de Mateo y el Sermón de la Llanura de Lucas parecen ser un mismo discurso. El Dr. A.T. Robertson en A Harmony of the Gospels lo explica así:

«Hay poca duda de que tanto el discurso citado por Mateo como el mencionado por Lucas es el mismo. Según Mateo se pronunció en el «monte» y según Lucas en «un lugar llano»; este último bien podría ser un pequeño altiplano en una montaña. Obsérvese que comienzan y terminan en la misma forma y siguen el mismo orden general. Lucas omite varias cosas de interés especial para los lectores judíos de Mateo (v.gr., Mateo 5:17-42) y otros asuntos que él mismo relatará en otro lugar (v.gr., Lucas 11:1-4; 12-22-31); pero Lucas tiene algunas frases (como los vv. 24-26 y 38-40) que no las da Mateo» (A. T. Robertson, A Harmony of the Gospels [Nueva York: Harper and Brothers, 1922], p. 48). Lucas 6:12-19 cuenta como Jesús subió a un monte a orar. Después de esa noche de oración eligió de entre sus discípulos a doce, a quienes también nombró apóstoles. Descendieron a un lugar llano donde «se detuvo» y una multitud se reunió, a la Que sanó de sus enfermedades. Deseando enseñarles, «subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos. Y abriendo su boca, les enseñaba» (Mateo 5:1-2). Sabemos por Mateo 7:28,29 que la gente también le siguió y oyó el sermón. Jesús probablemente halló un anfiteatro natural, una planicie dentro de una región montañosa donde podía sentarse y ver las multitudes. Los discípulos esta­ rían en primer plano y el resto de la gente más atrás. Los rabinos a veces enseñaban a sus discípulos al estilo socrático (paseándose todos) pero sus enseñanzas formales las daban sentados; de ahí que los profesores tengan «cátedras» (del latín cathedra, asiento). El que Cristo se haya sentado y «abierto su boca» indicaba que se trataba de un discurso importante. Jesús quería enseñar a sus discípulos el significado del discipulado. Era en cierto sentido, un sermón de ordenación para los Doce. El término de Jesús «reino de los cielos», que parece ser sinónimo de «reino de Dios», significa el reinado de Dios. En el reino de los cielos Cristo es el rey. Aunque la palabra «cristiano» no se empleó hasta más tarde en Antioquía (ver Hechos 11:26), ha llegado a ser el término más usado para significar un ciudadano del reino de los cielos. De modo que el tema del Sermón del Monte es «el significado del discipulado cristiano», y el propósito fue ayudar a los discípulos a entender el significado de su fe y del servicio cristiano. La primera sección, Mateo 5:3-12, describe las características del cristiano en ocho bienaventuranzas (algunos dicen siete, otros hallan nueve). Se llaman bienaventuranzas porque cada una comienza con la palabra «bienaventurados» La primera bienaventuranza es el tema de este sermón.

I. EL SIGNIFICADO DE «BIENAVENTURADO» La palabra usada aquí, en el griego traducida literalmente sería «feliz». Pero quiere decir feliz en un sentido espiritual. Significa feliz con referencia al carácter moral más bien que a la condición exterior. Quizás se pueda dar mejor la idea diciendo «deben ser felicitados». Los primeros oyentes deben de haberse sobresaltado al oír decir «Felices son los pobres».

II. EL SIGNIFICADO DE «POBRES EN ESPÍRITU» La palabra usada aquí para «pobres» es más bien la que corresponde a un mendigo y no a un jornalero.

A. No significa: 1) Pobre en cuanto a los bienes de este mundo. Muchos equivocadamente así lo entendieron e hicieron voto de pobreza. La pobreza no es una bendición; puede ser una maldición. Esto no fue 10 que Jesús quería dar a entender, y la burla de los que sugieren que a los creyentes hay que empobrecerlos por hacerlos felices, desde Julián el Apóstata hasta los cínicos modernos, no viene al caso. 2) Ni cobardes de espíritu débil, como los diez espías que dijeron: «Y éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas; y así les parecíamos a ellos» (Número 13:33). Uno que se considera a sí mismo una langosta generalmente hallará que los demás coinciden con esa evaluación. Ni como el hombre de un talento que tenía miedo a la vida y confesó: «Yo tuve miedo y fui y escondí tu talento en la tierra» (Mateo 25:25). 3) Tampoco significa un espíritu mezquino o un espíritu pobre que defrauda.

B. «Pobre en espíritu» significa más bien uno que es pobre en el mundo del espíritu. No se basta a sí mismo; necesita a Dios. Se da cuenta de su necesidad; por lo que es humilde y contrito en vez de orgulloso. El publican o en la gran parábola de Cristo era pobre en espíritu ya que «estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: Dios sé propicio a mí pecador» (Lucas 18:13). Isaías fue «pobre en espíritu» cuando, luego de una visión del Dios santo, vio su propia miseria espiritual y exclamó: » ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios inmundos, habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos» (Isaías 6:5). Uno que es «pobre en espíritu» está convencido de sus pecados.

III. LA SITUACIÓN FELIZ DE LOS POBRES EN ESPÍRITU

A. «Porque de ellos es el reino de los cielos» quiere decir que de entre las personas que son «pobres en espíritu» vienen aquellos que entran al reino de los cielos; es decir, que las personas convencidas de sus pecados son las que pueden hacerse creyentes.

B. Las razones para considerarlas felices son: 1) La convicción del pecado debe preceder a la salvación. David sentía que su pecado era tan grande que Dios sería justo si lo condenaba. Hay motivo de gozo cuando alguien está profundamente convencido de sus pecados, pues no está lejos del reino. 2) La convicción del pecado es una evidencia del amor de Dios. Si Dios quisiera que te perdieras, lo único que tendría que hacer sería dejarte solo. Si a Dios no le importara, él no te convencería de tu pobreza en el ámbito del espíritu. 3) Los «pobres en espíritu» pueden ser felices pues hay abundante previsión de la gracia de Dios. Tu culpa puede ser tan grande que pienses que Dios no te puede perdonar. ¡Alégrate, amigo! «La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado» (1 Juan 1:7). «Todos nosotros nos hemos descarriado como ovejas; cada cual se apartó por su camino; más Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Isaías 53:6). Entra por la primera palabra «todos», como todos debemos hacer; sal por la segunda palabra «todos», como pueden hacer todos los que confían en Cristo.

CONCLUSIÓN. Es obvio que la verdadera felicidad no depende de las circunstancias exteriores sino de una correcta relación con Dios. Si no sientes ninguna necesidad de Dios, es hora de que te alarmes. ¡Estás en peligro de perderte! Si eres «pobre en espíritu», regocíjate. Los creyentes convertidos proceden de pecadores convencidos.

TÍTULO: Bienaventurados los mansos

TEXTO: «Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad» (Mateo 5:5)

LECTURA BÍBLICA: Mateo 11:27-30; 1 Timoteo 6:10,11; Gálatas 5:22,23; Colosenses 3:12-14

INTRODUCCIÓN. Si alguien te dijera que eres una persona mansa, no sonaría como un gran cumplido. ¿Por qué? Porque en el lenguaje de nuestros días no representa lo que significaba la palabra griega usada por Jesús. El lenguaje está cambiando continuamente, de modo que muchas palabras ya no significan lo mismo que en otras épocas. Por ejemplo, «marido infiel» en nuestra Biblia antes de la revisión de 1960 significaba «marido incrédulo», mientras que ahora significa «adúltero» y por eso ha sido cambiado. En nuestro esfuerzo para descubrir el significado del Sermón de la Montaña encontraremos muchos casos en que el sentido de las palabras de Jesús deberá ser rescatado del error causado por un lenguaje cambiante.

I. EL SIGNIFICADO DE MANSO

A. El diccionario 10 define así: cualidad de suave, dócil, apacible. En nuestros días a veces tiene una asociación con debilidad, como por ejemplo, «manso corderito». Un hombre manso se considera que es alguien de temperamento dulce pero de poco carácter. Esto no puede ser 10 que Jesús quiso decir.

B. La mansedumbre es ser: 1) Como Jesús, quien se describió a sí mismo como «manso y humilde de corazón» (Mateo 11:29). Pablo ruega a los corintios «por la mansedumbre y ternura de Cristo» (11 Corintios 10:1). Si la mansedumbre describe. correctamente a Jesús, debe estar ligada a un tremendo coraje, a la reprensión sin ambages de la hipocresía y el disimulo, y a una desbordante vitalidad. Jesús no era débil de carácter en ningún sentido. 2) Como Pablo, quien tenía coraje. Pablo escribió a Timoteo: «Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía» (11 Timoteo 1:7). Los creyentes no son cobardes. No obstante, Pablo advierte a Timoteo: «Sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre» (Colosenses 3:12).

C. Si la mansedumbre significa ser como el Señor Jesús y como Pablo, no puede indicar: 1) Debilidad, apatía, timidez, falta de espíritu, abatimiento ante las circunstancias, conformarnos con nuestra suerte porque no tenemos ánimo para continuar la lucha. 2) Cobardía, sumisión ante la injusticia por falta de coraje. La ausencia de indignación puede ser falta de amor o de interés.

D. El lenguaje del Antiguo Testamento puede ser útil. Esta bienaventuranza es casi una cita directa del Salmo 37:1: «Pero los mansos heredarán la tierra.» La lectura del Salmo 37:1-11 muestra que el salmista usa manso como sinónimo de «confía en Jehová y haz el bien» y «los que esperan en Jehová.» Es un antónimo de «los que hacen iniquidad», los «malignos», y «el malo». J .A. Broadus en su Comentario de Mateo nos recuerda que las palabras hebreas para ‘manso’ y ‘pobre’ tienen la misma raíz y por lo tanto no hay duda de que la mansedumbre y la pobreza de espíritu están conectadas.

E. La mansedumbre significa ser como Jesús en una de las cualidades más características de su vida: su complacencia en hacer la voluntad de Dios. En la antigüedad se usaba la palabra manso o dócil para indicar un caballo que podía domarse, un animal capaz de ser enseñado. Por cuanto las enseñanzas de Dios siempre son buenas, una persona mansa, dócil y una persona buena son sinónimos. De sí mismo Jesús testifica: «He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad, como en el rollo del libro está escrito de mí» (Hebreos 10:7). Otra vez dice: «Porque yo hago siempre lo que le agrada» (Juan 8:29). La verdadera oración del Señor en Getsemaní no fue «Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa», sino más bien, «pero no sea como yo quiero, sino como tú» (Mateo 26:39).

F. Este significado está confirmado por el contexto. Aquel que es «pobre en espíritu» siente la convicción de su pecado, es decir de su pobreza en la esfera espiritual. Se lamenta por sus pecados. Convencido y contrito se vuelve a Dios con fe y confianza, dispuesto a dedicar su vida a Dios. Esta acción requiere: 1) Fe en que la voluntad de Dios es lo mejor; 2) Esperanza de que Dios cumplirá con sus promesas; 3) Amor que desea hacer la voluntad de Dios sin importarle las consecuencias personales. Esto es mansedumbre. Esto es docilidad; es la esencia de la experiencia cristiana y equivalente al arrepentimiento del pecado y fe en el Señor Jesucristo. A los que exhiben este carácter, Jesús dice que son «bienaventurados», «felices», «deben ser felicitados.»

II. EL SIGNIFICADO DE HEREDAR LA TIERRA La expresión «heredar la tierra» se usa muchas veces en el Antiguo Testamento para referirse literalmente a la tierra prometida a Abraham y a sus descendientes. Por ello la Tierra Prometida se tornó en un símbolo del acceso a las bendiciones divinas. En el Nuevo Testamento la herencia del creyente se llama «la vida eterna», «salvación», «el reino de Dios», «las promesas», todo lo cual es muy parecido a «heredar la tierra». La versión popular del Nuevo Testamento usa de paráfrasis pero capta el significado del texto en esta traducción: «Felices los de corazón humilde, pues ellos recibirán la tierra que Dios les ha prometido.» Himnos como «A la tierra marchamos» y «Hay un mundo feliz más allá», captan la idea pero restringen la tierra prometida únicamente al cielo. Mientras que el himno bien conocido «Todas las promesas del Señor son apoyo… » resalta las promesas cumplidas en la vida presente del cristiano. En ambos casos el énfasis es válido. El manso reclama todas las promesas de Dios tanto para esta vida como para la vida más allá. Rechazamos como fatua la interpretación de que los creyentes finalmente tomarán posesión de toda la tierra tanto como rechazamos la interpretación corriente de que los mansos son débiles.

III. LA BENDICIÓN DEL MANSO

A. Felices son los mansos, pues tienen ese coraje profundo y tranquilo que viene con la seguridad de la victoria. La voluntad de Dios es lo mejor. La voluntad de Dios es correcta. La voluntad de Dios ofrece seguridad. Sus promesas de salvación, de seguridad eterna, de la presencia del Espíritu Santo, y del cielo son tan seguras como es el carácter de Dios. «Mío es él y suyo soy, ahora y para siempre … «

B. Felices son los mansos por su falta de egoísmo, porque Dios y su reino es su consideración primordial. Juan el Bautista era manso cuando dijo, «Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe» (Juan 3: 30). Según una historia que se cuenta (que podría ser apócrifa) un predicador, ya de cierta edad, quien por muchos años había sido muy popular, empezó a notar que su congregación iba disminuyendo a medida que un joven predicador de la misma ciudad cobraba fama entre los oyentes. Los miembros de la junta oficial de su iglesia le dijeron al anciano predicador: —Debe usted hacer algo sobre este asunto. El respondió: —Ya lo estoy haciendo. —¿Qué está haciendo usted? —preguntaron. El veterano pastor replicó: —Todos los días elevo mi oración a Dios para que él siga bendiciendo el ministerio del joven hermano.

C. Felices son los mansos porque han aprendido a tomar cualquier lugar (por más humilde que sea) si es esa la voluntad de Dios. Oigamos a Pablo: «Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios» (Hechos 20:24).

CONCLUSIÓN. ¿Conoces tú esta bienaventuranza? ¿Eres feliz», ¿realmente feliz? Los convencidos, los contritos, los convertidos lo son. No existe ninguna felicidad fuera de la voluntad de Dios. En esta voluntad hay completo gozo.

TÍTULO: Bienaventurados los de limpio corazón

TEXTO: «Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios» (Mateo 5:8)

LECTURA BÍBLICA: Juan 14:1-11

INTRODUCCIÓN. Un pequeño niño dijo a la señora cristiana que 10 estaba cuidando: «¿Cómo voy a poder ver a Dios si siempre me haces cerrar los ojos cuando hablas con él?» Su lógica era perfecta pero no así los hechos. «A Dios nadie le vio jamás» (Juan 1:18). No podemos ver a Dios con nuestros ojos físicos. Una niñita le dijo a su padre, que era un predicador: «Papito, quiero que alguna vez me muestres a Dios.» El padre le aseguró que trataría de hacerlo por todos los medios. Felipe nos incluyó a todos en su ruego cuando dijo: «Señor, muéstranos al Padre, y nos basta» (Juan 14:8). En la sexta bienaventuranza, que es nuestro texto de hoy, Jesús afirma que la vista por la cual podemos ver a Dios es la de un corazón puro.

I. ¿QUIÉNES SON LOS DE LIMPIO CORAZÓN?

A. Limpio (kataros en el original griego, puro) significa estar libre de adherencias o mixturas de cualquier cosa que mancha o adultera. Por ejemplo, el lino puro es el hilo hecho limpio por el lavado. El oro puro es el oro separado por el fuego refinador de metales de baja ley y de escoria. A la vid en Juan 15: 1-3 se le quitan todas las ramas secas para limpiarla y ponerla en condiciones de llevar fruto. En otras palabras, se la purifica. En el sentido ético de la palabra, «puro» significa estar libre de toda mezcla de falsedad y por consiguiente genuino y sincero. De esto hay muchos ejemplos: «Pues el propósito de este mandamiento es el amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida» (1 Timoteo 1:5). «Huye también de las pasiones juveniles, y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor» (II Timoteo 2:22), «No impongas con ligereza las manos a ninguno, ni partícipes en pecados ajenos. Consérvate puro» (1 Timoteo 5:22), «Doy gracias a Dios, al cual sirvo desde mis mayores con limpia conciencia … » (II Timoteo 1:3), «que guarden el misterio de la fe con limpia conciencia» (1 Timoteo 3:9). A los judíos en Corinto Pablo dice: «Vuestra sangre sea sobre vuestra propia cabeza; yo, limpio» (Hechos 18:6), es decir puro, inocente, sin tacha, sin ninguna mixtura o culpa.

B. El corazón es el órgano central del cuerpo físico. En la Biblia es el símbolo de la vida espiritual, del alma, el asiento o fuente de los pensamientos, deseos, apetitos, motivos, etc. En el concepto moderno se considera la mente como el asiento de los pensamientos, pero en el lenguaje escritural es en el corazón donde descansa el pensamiento y asimismo los sentimientos. El corazón significa la personalidad entera, el hombre interior.

C. «Limpio de corazón», pues, significa puro o limpio en el recinto de la vida interior; sincero en los propósitos y motivaciones más íntimos. Uno que es limpio o puro de corazón ama a Dios de verdad. Es una persona regenerada cuya mira es únicamente la gloria de Dios. Es lo opuesto de aquel que trata de servir a Dios y a las riquezas al mismo tiempo (véase Mateo 6:24). Ciertos giros de la Biblia ayudan a ilustrar el significado: «¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo? El limpio de manos y puro de corazón; el que no ha elevado su alma a cosas vanas, ni jurado con engaño” (Salmo 24:3,4). «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio» (Salmo 51:10). «Ciertamente es bueno Dios para con Israel, para con los limpios de corazón» (Salmo 73:1). Debe notarse que la expresión «limpio de corazón» no se usa para indicar una persona moralmente perfecta –pues no hay nadie que lo sea– sino una regenerada que tiene el propósito sincero de hacer la voluntad de Dios. También aquí tenemos muchos ejemplos en las Escrituras: «Y ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos, purificando por la fe sus corazones» (Hechos 15:9). «La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado» (1 Juan 1:7). «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad» (1 Juan 1:9). Por lo tanto, el «limpio de corazón» es aquel que con honestidad ha rendido su vida a Dios. Habiendo colocado su todo sobre el altar, sin reservas, sin doble intención, su único propósito en la Vida es glorificar a Dios.

II. LA PROMESA: «PORQUE ELLOS VERÁN A DIOS»

A. ¿Qué significa esto? Esta expresión se deriva de una costumbre practicada por antiguos monarcas orientales que vivían en reclusión. Eran vistos solamente por un número relativamente reducido de sus cortesanos de mayor confianza. Se consideraba como un privilegio especial el poder ver el rostro del rey. En el libro de Ester tenemos una ilustración de esto. En Ester 1:14 se nombran los «siete príncipes de Persia y de Media que veían la cara del rey, y se sentaban los primeros del reino.» Aun Ester siendo reina no podía aparecer ante su esposo el rey so pena de muerte. (Véase Ester 4:11-17.) La promesa de que los limpios de corazón verán a Dios no se refiere a los ojos físicos sino a que ellos experimentarán la realidad de Dios. En Juan 3: 3 Jesús dijo a Nicodemo: «El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios,» es decir, entrar al reino, experimentar la realidad del mismo.

B. Los limpios de corazón verán a Dios. 1) En el cielo. Esto es ciertamente una parte de la promesa pero no el total. Jesús prometió que sus discípulos (los limpios de corazón) estarían con él para siempre en su hogar celestial (véase Juan 14:13). David expresó su fe, «En cuanto a mí, veré tu rostro en justicia; estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza» (Salmo 17:15), y otra vez, diciendo, «Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa de Jehová moraré por largos días» (Salmo 23:6). El apóstol Juan escribió: «Amados, ahora somos hijos de Dios, y aun no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifestare, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es» (1 Juan 3:2). En Apocalipsis 22:4 se nos asegura: «Y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes.» Pablo está seguro de que, «Cosas que ojo no vio ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman» (1 Corintios 2:9). Juan Jasper, un esclavo que predicaba con gran elocuencia, parece haber dicho en una ocasión que todo lo que él deseaba en el cielo era una rendijita en una puerta de costado para poder mirar a Jesús por diez mil años. «Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios» (Apocalipsis 21:3). Solamente los redimidos irán al cielo, pero todos irán; los puros o limpios de corazón verán a Dios. 2) Los que verán a Dios son los que ahora lo ven, es decir, que experimentan su presencia por fe. La idea aquí es que continuarán experimentando la presencia de Dios. Los limpios de corazón ven a Dios en su experiencia cristiana. Dios es conocido por sus obras. «Los cielos cuentan la gloria de Dios» (Salmo 19:1). «Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas» (Romanos 1:20). «A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer» (Juan 1: 18). La experiencia normal de los «limpios de corazón» es simplemente que ellos sienten en su corazón la realidad de Dios. La promesa de Jesús, «He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mateo 28:20) es una experiencia presente y real. Cuando «clamamos: ¡Abba, Padre! el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios» (Romanos 8:15,16). Un querido hermano ha testificado: «No he visto a Dios con estos ojos (tocándose sus ojos físicos); pero Dios es tan real para mí como lo es mi esposa y mis hijos. No se me ocurriría pecar ante su mirada tanto como no lo haría delante de ellos.»

CONCLUSIÓN. El ver a Dios cambia maravillosamente nuestra vida. A. El ver a Dios nos hace humildes. Escuchemos al respecto lo que dice Isaías: «Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos» (Isaías 6:5). Escuchemos a Job: «De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza» (Job 42:5,6). B. El ver a Dios nos estimula a servir. Escuchemos de nuevo a Isaías: «Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí» (Isaías 6:8). veamos a Pablo: «El, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga?» (Hechos 9:6).

C. El ver a Dios cambia el orden de las prioridades en nuestra vida. Nuestros intereses se proyectan ahora hacia metas divinas más bien que terrenales. «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas» (II Corintios 5:17). D. El ver a Dios arranca el temor de la muerte y del juicio. Oigamos a Pablo: «Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia» (Filipenses 1:21). El Dr. Juan R. Sampey era un erudito notable. Un pequeño niño se le sentó en las piernas y dijo: «Cuando vaya al cielo voy a ir a sentarme sobre el regazo de Dios y le daré un beso.» El distinguido intelectual, al contar el incidente, dijo: «¿Creéis que me transformé en teólogo y le expliqué al niño que él estaba pensando en términos antropomórficos? De ninguna manera, sino que le dije, ‘Hijito, creo que es eso exactamente lo que Dios quisiera.'» Los limpios de corazón deben ser felicitados, pues ellos continuarán viendo a Dios.

TÍTULO: Bienaventurados los misericordiosos

TEXTO: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mateo 5:7)

LECTURA BÍBLICA: Salmo 103

INTRODUCCIÓN. Las bienaventuranzas tienen una progresión lógica y natural. Feliz el hombre que se convence de sus pecados. El comprende su pobreza en la esfera espiritual. Es de tales personas que nacen los cristianos. Feliz es aquel que se siente contrito a causa de sus pecados. La tristeza por el pecado, que es según Dios, lleva al arrepentimiento. Feliz aquel que está dispuesto a ser enseñado por Dios. Él es manso y dócil como Jesús en su completa rendición a la voluntad de Dios. Seguramente heredará la tierra; recibirá como su porción la Tierra Prometida. Esto es todo lo que Dios ha prometido al creyente. El discípulo que busca la justicia de Dios con tanta avidez como un hombre hambriento busca comida o un sediento busca agua debe ser felicitado. Un afán tan grande Dios lo premiará con la satisfacción espiritual. Las cuatro bienaventuranzas siguientes presentan ciertas cualidades del hombre redimido que podrían llamarse piedad, pureza, pacificación, persecución. Llegamos ahora a la quinta bienaventuranza: «Bienaventurados los misericordiosos.»

I. ¿QUÉ SIGNIFICA EL SER MISERICORDIOSO?

A. La misericordia es una cualidad divina. Muchos hermosos pasajes de la Biblia hacen énfasis sobre esta verdad. «Misericordioso y clemente es Jehová; lento para la ira… y grande en misericordia» (Salmo 103:8). «Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo» (Tito 3:5). «Gracia, misericordia y paz, de Dios nuestro Padre y de Cristo Jesús nuestro Señor» (1 Timoteo 1:2). «Pero Dios que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús» (Efesios 2:4-6). «Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos» (1 Pedro 1:3).

B. La misericordia es una cualidad de Cristo. «Conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna» (Judas 21). «Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo pontífice en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo» (Hebreos 2:17).

C. La misericordia es el amor en acción. Es una cualidad del ser; una cualidad de la vida interior; una actitud del alma. Es tener el modo de Cristo de mirar a las personas. Es un corazón que siente lástima y compasión. Es el resultado del poder regenerador del Espíritu de Dios. Es el desbordamiento del amor. Es la expresión del deseo de dar como existe en el corazón de Dios; ese deseo que le llevó a dar su Hijo único. Es la buena voluntad en acción.

II. LA PERSONA MISERICORDIOSA MOSTRARÁ MISERICORDIA

A. Será bondadosa, considerada, compasiva. 1) Una persona misericordiosa considera a los demás como personas que son objeto del amor y el interés de Dios. Son almas por las cuales Cristo murió. La persona misericordiosa desea la salvación y la restauración de otras personas; nunca su condenación. Jesús es el ejemplo perfecto de sus propias enseñanzas. Nótese su actitud misericordiosa hacia la mujer tomada en adulterio en Juan 8:1-10; hacia la mujer en la casa de Simón en Lucas 7:36-50; hacia el ladrón arrepentido en la cruz, Lucas 23:42,43. 2) Una persona misericordiosa cree siempre lo mejor de otros hasta que se pruebe lo contrario. Tiene las cualidades atribuidas por Pablo al que ama: «El que tiene amor, tiene paciencia; es bondadoso y no envidioso; no es presumido ni orgulloso. No es grosero ni egoísta; no se enoja ni es rencoroso. No se alegra del pecado de otros, sino de la verdad» (1 Corintios 13:4-6). Bernabé le dio a Pablo dos buenas lecciones de misericordia. La primera cuando presentó a Pablo a los hermanos en Jerusalén, y la otra cuando quería dar una segunda oportunidad a Juan Marcos. Jesús describe al hipócrita como un hombre que tiene un poste de madera encajado en su ojo y está tratando de encontrar una partícula de polvo en el ojo del otro. El hombre misericordioso hace exactamente lo opuesto. No está buscando faltas; está tratando de encontrar lo encomiable y bueno en otros.

B. Será perdonadora. 1) La persona misericordiosa tiene buena voluntad aun hacia sus enemigos. Más adelante en el Sermón del Monte, Mateo 5:43-48, Jesús afirma el amor de Dios para todos y su deseo de que todos los hombres se salven. Jesús rogó desde la cruz, «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lucas 23: 34). De igual modo el misericordioso busca la reconciliación. 2) El misericordioso pedirá perdón si ha agraviado a su hermano. Seguirá las instrucciones del Señor en Mateo 5:23-23. 3) La persona misericordiosa tratará de conseguir la reconciliación con la persona que la ha injuriado, de acuerdo con las instrucciones de nuestro Señor en Lucas 17:3 y en Mateo 18:15-18. La parábola del siervo cruel en Mateo 18:21-35 enseña que aquel que rehúsa perdonar nunca ha sido perdonado por Dios. Pablo ruega: «Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo» (Efesios 4:32). Ni aun Dios puede, sin embargo, perdonar a una persona que no quiere ser perdonada; pero Dios quisiera hacerlo. Igual será la actitud del hombre misericordioso. Pablo reconoce que la paz no siempre es posible con aquellos que no quieren actuar pacíficamente, cuando escribió, «No paguéis a nadie mal por mal; procurando lo bueno delante de todos los hombres, si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres» (Romanos 12:17,18).

III. ¿CUÁL ES LA BIENAVENTURANZA? «ALCANZARÁN MISERICORDIA»

A. ¿De parte de los hombres? Quizá, pero no es muy seguro. Un joven predicador fue muerto a tiros por un criminal que lo había secuestrado y robado su auto en momentos cuando aquel estaba hablándole del amor de Cristo. Jesús fue misericordioso, pero a cambio fue tratado despiadadamente por los hombres.

B. ¿De parte de Dios? Sí. La actitud misericordiosa es la evidencia de un corazón recto. Tanto como Dios no puede hacer 2 x 2 = 8 tampoco puede conceder el perdón a una persona no arrepentida. El hombre misericordioso ya está justificado y regenerado, ya ha sido sacado de la condenación. Recibirá misericordia en el juicio.

C. Será útil y servicial. El Buen Samaritano en la admirable parábola de Jesús es un ejemplo del hombre misericordioso. Vino a donde el hombre herido estaba; tuvo compasión de él; le curó sus heridas; lo llevó a un hospital; hizo arreglos para pagar la cuenta. La misericordia es algo más que lástima. Es amor en acción. Cierto creyente, el extinto Max Stenfield, contó esta experiencia personal. Cuando era un jovencito fue citado por el juez por una ligera falta de tráfico. Llegó al tribunal a la hora exacta y esperó mientras un caso después de otro era ventilado. Finalmente se acercó al juez y con temor le dijo: «Su Señoría, yo realmente debería estar en la escuela en estos momentos. ¿Cuándo seré llamado?» El juez era un hombre comprensivo. Se puso a hojear algunos papeles que tenía delante de él y luego dijo: «Hijo, aquí no hay ningún cargo contra ti. Vuelve a la escuela.» ¡Qué sonido agradable tenían esas palabras!: «Aquí no hay ningún cargo contra ti.» Qué precioso es para el hombre misericordioso saber que en el juicio el Juez dirá: «Aquí no hay ningún cargo contra ti.»

CONCLUSIÓN. Benditos, felices, felicitaciones a los misericordiosos. ¡Cantad la doxología! ¡Gritad de gozo! Perdonados por Dios. Ellos tienen la actitud misericordiosa de Dios hacia sus congéneres. Están llenos de amor, de generosidad, y de buena voluntad. Han vencido el odio, los celos, y la envidia. Son ricos en verdad; enriquecidos con las bendiciones de Dios.

TÍTULO: Bienaventurados los pacificadores

TEXTO: «Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mateo 5:9)

LECTURA BÍBLICA: II Corintios 5:14 – 6:2

INTRODUCCIÓN. Un hijo es un ser engendrado por un padre y dado a luz por una madre. Este no es el concepto empleado en esta séptima beatitud. Un niño puede llegar a ser un hijo por adopción. Tampoco es esta la idea del texto. Un hijo, o hija, es un descendiente directo de alguien, pertenece a la posteridad de alguno, como hijos de Abraham, hijas de Israel, hijos de Israel. Tampoco se trata de esto. «Hijo» es una expresión idiomática hebrea usada para señalar a un discípulo o seguidor de otro en una relación muy estrecha, como por ejemplo los hijos de los profetas eran sus discípulos. En la pará­ bola de la cizaña en Mateo 13:37,38 «la buena semilla son los hijos del reino, y la cizaña son los hijos del malo». En la parábola del mayordomo infiel en Lucas 16:8 Jesús dijo: «Porque los hijos de este siglo son más sagaces en el trato con sus semejantes que los hijos de luz.» En Hechos 13:10 Pablo llamó a Elimas «hijo del diablo.» En cambio, Jesús dijo a Zaqueo: «Hoy ha venido la salvación a esta casa; por cuanto él también es hijo de Abraham» (Lucas 19:9). Este no es el concepto en la séptima bienaventuranza, pero se le acerca mucho. En Juan 1:12 «hijo de Dios» es sinónimo de una persona salvada por Jesucristo: «Más a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.» Jesús es el Hijo de Dios en un sentido único. «Su hijo unigénito» (Juan 3: 16) describe la relación exclusiva de Jesús y el Padre, que no puede ser igualada por ningún otro. La expresión «hijos de Dios» se usa también en un sentido ético refiriéndose a aquellos que por su carácter y vida reflejan a Dios. Más adelante, en Mateo 5, Jesús dice: «Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos» (Mateo 5:44, 45). (Compárese con Lucas 6:35.) Este parece ser el significado de nuestro texto: «Ellos serán llamados hijos de Dios.» Son hijos de Dios por el nuevo nacimiento. Serán reconocidos como tales por su carácter pacificador porque:

I. DIOS ES PACIFICADOR

A. La Biblia entera describe a qué extremo llega el amor divino para lograr la paz con los pecadores. El pasaje elegido para la lectura bíblica nos habla elocuentemente de la misión pacificadora de Dios. Notemos especialmente estos versículos: «Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo no tomándole en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación» (II Corintios 5:18,19). Dios, hablando por medio del profeta Isaías, llama al Mesías «el Príncipe de Paz» (Isaías 9:7). El vaticina el ministerio de reconciliación de Cristo: «Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados» (Isaías 53:5). Zacarías predijo la misión de Jesús: «Para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte; para encaminar nuestros pies por caminos de paz» (Lucas 1:7). Al nacer Jesús, el coro angelical alabó a Dios diciendo, «Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!» (Lucas 2:14). Jesús predicó la paz en el aposento alto: «La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo» (Juan 14:27). «Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz» (Juan 16:33). En la primera noche después de su resurrección Jesús se apareció a sus discípulos con las palabras: «Paz a vosotros» (Lucas 24: 36). Pedro, hablando a Cornelio, definió el evangelio así: «Dios envió mensaje a los hijos de Israel, anunciando el evangelio de la paz por medio de Jesucristo» (Hechos 10:36).

B. Dios no hará las paces a cualquier precio. No admite el apaciguamiento. No transige. Ofrece la paz a cambio de la rendición incondicional: «No hay paz, dijo mi Dios, para los impíos» (Isaac 57:21). «No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente» (Lucas 13:3). El evangelio que Jesús nos mandó que predicásemos a todas las naciones en un evangelio de «arrepentimiento y remisión de pecados … en su nombre» (Lucas 24:47). La remisión de pecados está condicionada por el arrepentimiento. Santiago escribió: «Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos sin incertidumbre ni hipocresía. Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz» (Santiago 3:17,18). Dios insiste en que la salvación debe preceder a la paz de la conciencia.

C. Dios realmente hace la paz con aquellos que se arrepienten del pecado y creen en Jesucristo. Esto es el meollo del evangelio. «Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca» (Efesios 2:14-17). Compárese con Juan 3:16,36; 5:24; Gálatas 3:24-29; Romanos 5:1-10.

II. LOS HIJOS DE DIOS HAN DE SER PACIFICADORES

A. Dios ha dado este ministerio a los redimidos. «Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios» (II Corintios 5:18-20).

B. Como embajadores de Cristo, los redimidos tienen una autoridad para proclamar el evangelio; pero no tienen ninguna autoridad para cambiar el evangelio. Llamamos a los hombres a hacer la paz con Dios sobre la base que Dios ha establecido.

III. LA DICHA DE ESTE MINISTERIO DE SER PACIFICADORES ENTRE DIOS Y LOS HOMBRES

A. La dicha de hacer la voluntad de Dios. Sus órdenes a sus discípulos hasta que él venga de nuevo son claras: «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he manda­ do; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén» (Mateo 28:18-20). «Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra» (Hechos 1:8). «Si me amáis, guardad mis mandamientos» (Juan 14:15). «Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis » (Juan 13:17).

B. El gozo de ver almas salvadas. Juan escribió: «Lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su hijo Jesucristo. Estas cosas os escribimos, para que vuestro gozo sea cumplido» (1 Juan 1:3,4). Otras versiones dicen: «Para que nuestra alegría sea completa». Hay una duda en cuanto a si el gozo o alegría es «nuestro» o «vuestro». En este caso la ambigüedad del texto es una ventaja pues cuando una persona llega a tener comunión con Dios por medio de Jesucristo, está feliz, y también lo está aquella persona que la ayudó a ser creyente. ¿Alguna vez te dijo alguien que lamentaba que tú le hubieras ayudado a ser creyente? Probablemente muchos te han dicho de su gozo en Cristo y te han agradecido por ayudarles a ser creyentes. Un estudiante de un seminario evangélico había durante varios domingos enseñado una clase de Biblia en un hogar para niños, Cierto domingo sus esfuerzos se vieron recompensados al hacer varias niñas profesión de fe en Cristo. Cuando salía de los terrenos de la institución, una de las recién convertidas le puso en la mano un papel con las siguientes palabras escritas con evidente apresuramiento: «¡Qué bueno es ser creyente en Cristo! Tenía que escribirle para decírselo.» El que gana almas es feliz. El alma ganada es feliz. Dios está feliz, pues «Hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente» (Lucas 15:10).

CONCLUSIÓN. Esta bienaventuranza se edifica sobre las seis que la preceden. Nadie está preparado para ser un pacificador hasta que haya sido convencido del pecado y sea pobre de espíritu, y contrito por sus pecados se haya convertido a la voluntad de Dios por esa rendición total que es la mansedumbre de Cristo. Además, esté resuelto a tener hambre y sed de lo que está bien según Dios, sea compasivo como Jesús, y misericordioso y sincero en sus motivos y objetivos. Felices, dignos de ser felicitados, bienaventurados, benditos son los pacificadores, pues están colaborando con Dios en su gloriosa misión. ¿Conoces este gozo? ¿Tienes paz para con Dios? ¿Estás en paz contigo mismo? ¿Eres pacífico? ¿Eres un pacificador? Jesús dice que esta es la manera de ser feliz.

TÍTULO: Bienaventurados los perseguidos

TEXTO: «Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia. porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros» (Mateo 5:10-12)

LECTURA BÍBLICA: 1 Pedro 2:19-25; 3-14-18

INTRODUCCIÓN. Esta es la más paradójica de las bienaventuranzas. Parece increíble que uno debería ser feliz cuando lo persiguen, injurian, o acusan falsamente. Notemos cuidadosamente las condiciones de esta bienaventuranza.

I. NO HAY PROMESA DE BENDICIÓN PARA LOS QUE PERSIGUEN

A. Nuestro Señor se coloca a sí mismo en oposición a la persecución, a las injurias, y a las falsas acusaciones. 1) En la parábola de la cizaña registrada en Mateo 13:24-30, 36-43, los siervos preguntan al dueño del campo sobre la cizaña: «¿Quieres, pues, que vayamos y la arranquemos?», pero él dice: «No, no sea que al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo» (Mateo 13:28-29). La misión de los cristianos no es perseguir a los herejes. El juzgar está en las manos de Dios. Cuando en los obscuros anales de la historia, los cristianos trataron de ex­ traer la cizaña muy a menudo también arrancaron el trigo. La persecución es algo sórdido. Mientras Pablo, creyendo sinceramente que estaba sirviendo a Dios, perseguía a los cristianos, sentía repugnancia y dolor dentro de él semejante a lo que siente el buey cuando patea contra la punzante vara usada para aguijonearlo. 2) El pasaje de Lucas 8:49-56 nos ofrece pruebas de que la persecución no entraba en los planes de Jesús.

B. La habilidad o responsabilidad de cada persona de venir a Dios por sí misma, sin ningún intermediario, es la base, el centro, la médula del evangelio. «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su hijo unigénito, para que todo aquel que en él crea, no se pierda, más tenga vida eterna» (Juan 3:16). Se invita a cada ser humano que venga a Dios por sí mismo. Cada uno es responsable de su respuesta. «De manera que cada uno de nosotros dará cuenta a Dios de sí» (Romanos 14: 12). Nadie puede dar cuenta de otro o responder por otro. No hay tal cosa como la fe «por poder». Cada uno debe tener el derecho de adorar a Dios de acuerdo a los dictados de su propia conciencia. El cristiano no puede usar de la fuerza física, o política, o económica, o social para dictar a otro sus creencias. Las armas legítimas de la conquista cristiana son hablar la verdad en amor y una vida que refleje las virtudes de Cristo.

II. NO SE PROMETE NINGUNA BENDICIÓN AL QUE ES PERSEGUIDO POR SU PROPIA INSENSATEZ O MALDAD

A. Perseguido por hacer lo recto. 1) Perseguir significa seguir a otro para dañarlo. A veces pensamos que nos persiguen cuando no es así. No somos perseguidos si otro, en buena fe y con espíritu correcto, desafía nuestra posición doctrinal. La verdad tiene la obligación eterna de exponer el error. «Estad siempre preparados para pre­ sentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros» (1 Pedro 3:15). 2) Sí, es persecución si a causa de su fe uno es molestado físicamente, si se le niega la libertad económica acordada a otros ciudadanos, o se le niegan los derechos públicos, etc. B. Injuriar es tratar con menosprecio. Deberíamos estar listos para defender nuestra fe en la arena de la verdad y la conciencia, y a la vez conceder ese mismo derecho a otros. No tenemos el derecho de tratar la creencia de otros con menosprecio ridiculizándola o burlándonos sin delicadeza. C. Calumniar. En los últimos años el público se ha visto escandalizado al revelarse hasta qué extremo han llegado algunos hombres para escalar posiciones de máxima envergadura. Un caso realmente despreciable fue la falsificación de cartas con el fin de difamar a un candidato de la oposición. Si esto es condenable en la política, cuanto más si uno que profesa ser creyente desparrama mentiras acerca de una denominación o su programa con la esperanza de desviar parte de la ayuda financiera hacia su propio programa.

III. CONDICIONES PARA LA BENDICIÓN

A. Acusados falsamente. No hay ninguna bendición si la acusación que se nos hace es justa, pero cuando se nos difama injustamente entonces somos bendecidos.

B. Por causa de la justicia y por mi causa. Nótese que Jesús iguala la lealtad hacia el bien con la lealtad hacia él. Es esta una de las muchas afirmaciones que nuestro Señor hace sobre su divinidad en el Sermón del Monte.

IV. ¿POR QUÉ LA BENDICIÓN?

A. Porque la persecución, las injurias, y las falsas acusaciones padecidas por amor a Jesús indican que uno es un ciudadano del cielo (un cristiano) y está en la buena compañía de los profetas. 1) Un cristiano genuino despierta oposición porque es un continuo reproche del egoísmo y el pecado. Jesús vivió una vida perfecta; poseía todas las buenas cualidades y sin embargo fue vilipendiado. Le llamaron Beelsebú, bastardo, bebedor de vino, pecador. Dijeron mentiras acerca de él; llegaron hasta pagar a testigos falsos; lo persiguieron a muerte. Jesús advirtió a sus discípulos: «Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece. Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra» (Juan 15:18-20). 2) Un cristiano genuino despierta oposición porque estorba, porque sin quererlo se entremete. Jesús dijo: «No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada» (Mateo 10:34). La lealtad hacia Jesús divide los hogares, las familias. Jesús osó meterse con el negocio corrompido que los principales sacerdotes realizaban dentro del templo en nombre de la religión (véase Marcos 11;15-18). Juan el Bautista se atrevió a decir al rey Herodes: «No te es lícito tenerla» (Mateo 14:4). Pedro y Juan fueron a la cárcel por predicar la verdad de Jesús. Desde el punto de vista de los saduceos, ellos se estaban entremetiendo con la religión establecida (véase Hechos 5: 28-29). A Pablo y Silas los azotaron y arrojaron a la cárcel en Filipos. La acusación fue: «Estos hombres siendo judíos alborotan nuestra ciudad, y enseñan costumbres que no nos es lícito recibir ni hacer, pues somos romanos» (Hechos 16: 20-21). El motivo real era que ellos habían librado a una muchacha de un comercio vil. La muchedumbre en el teatro de Éfeso se alborotó porque la predicación de Pablo estaba dañando su negocio de imágenes. Los criminales, los traficantes en narcóticos, los racistas, y todos los que se benefician con las debilidades de otros odian el evangelio porque este interfiere con sus actividades.

V. ¿EN QUÉ CONSISTE LA BENDICIÓN?

A. La persecución, las injurias, y las acusaciones falsas señalan al ciudadano del reino celestial en la buena compañía de los profetas. ¿Eres tú tan leal a Jesús que a causa de ello tienes algunos enemigos? Jesús dijo: «¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros! porque así hacían los padres con los falsos profetas» (Lucas 6: 26). Si de pronto apareciera una ley ordenando el arresto de todos los cristianos, ¿hallarían suficiente evidencia contra ti ‘como para condenarte? Los verdaderos profetas de Dios han sufrido persecución; alégrate de que tú eres leal a Dios de modo que seas contado con él.

B. Regocíjate también en la seguridad de que tu Padre en el cielo lo sabe todo y lo comprende, «porque vuestro galardón es grande en los cielos» (v. 12). Por medio de tu lealtad hacia Jesús has estado acumulando tesoros en el cielo (véase Mateo 6: 19-21; 25:31-40).

CONCLUSIÓN. El cristianismo no es un llamado para hacer lo convencional: es un desafío para realizar lo heroico; es un llamado para hacer lo recto sin importar las consecuencias. Deja que Jesús sea el Señor de tu vida (véase Romanos 14:8-9). Nuestra misión es vivir para el bien y la justicia, por amor de Jesús, para la gloria de Dios. No tenemos que buscar la persecución. Si viene, no nos toma de sorpresa. Si bien no es agradable, es algo de lo que no obstante debemos alegrarnos. Continuemos siendo leales al mensaje y espíritu de Jesucristo. Puede que ganemos a nuestro enemigo por el amor. En cualquier caso, seremos mejores personas mediante esta experiencia.

TÍTULO: La luz del mundo

TEXTO: «Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 5:16)

LECTURA BÍBLICA: Mateo 5:14-16

INTRODUCCIÓN. El énfasis sobre la responsabilidad del cristiano por su influencia, que fuera pre­ sentada bajo la figura de la sal, continúa ahora, usándose como ilustración la luz. Jesús dijo a sus discípulos: «Vosotros sois la luz del mundo» (Mateo 5:14).

I. CADA PERSONA EJERCE INFLUENCIA SOBRE LOS DEMÁS Así como una ciudad construida en lo alto de un monte no puede esconderse, tampoco puede nadie escapar al hecho de que ejerce influencia sobre otros. La ciudad se ve de día, y de noche las luces revelan su presencia. Jesús no urge a los cristianos para que sean una luz; él afirma: «Vosotros sois la luz del mundo.» El no exhorta, «Que vuestra luz alumbre», sino que dice: «Así alumbre vuestra luz.» El énfasis está sobre la forma de alumbrar. En cada hogar de la Palestina se podía ver la lámpara de aceite con su pabilo y su almud, es decir, una vasija de tierra cocida. Nadie podía prender la lámpara y taparla con un almud pues muy pronto se apagaría. Mientras la lámpara arde arroja luz. Mientras una persona vive tiene influencia, «porque ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí».

II. CÓMO HEMOS DE BRILLAR En esta porción Jesús exhorta a sus discípulos a que alumbren con la luz de su influencia de tal modo que la gente vea sus buenas obras y glorifique a su Padre celestial. ¿Cómo podemos hacer esto?

A. Para dar un testimonio cristiano uno debe ser un cristiano. Para dar luz la lámpara ha de estar ardiendo; debe arder sin vacilaciones, con un buen brillo. Aquel que no es un cristiano genuino puede engañar a una parte de la gente algunas veces, pero no puede engañar a toda la gente todas las veces. Y a Dios no lo engañará jamás. Un hipócrita no está en condiciones de obedecer este mandamiento de Jesús.

B. El cristiano ha de confesar a Cristo delante de todos: «Así alumbre vuestra luz delante de los hombres,» es la exhortación de Jesús. Él no está satisfecho con el discipulado secreto sino que reclama una confesión pública: «A cualquiera pues que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos» (Mateo 10:32,33). ¿Se te ha ocurrido alguna vez que uno que permite que la gente piense de él como peor de lo que realmente es, a fin de lograr su aplauso, es tan hipócrita como aquel que se hace pasar por alguien mejor de lo que es con igual fin? Todos estamos familiarizados con la hipocresía de los fariseos, quienes realizaban sus actos religiosos en forma ostensible para que la gente pensara que eran piadosos; ¿Qué de Simón Pedro, un creyente genuino que, sin embargo, en un momento de debilidad negó que era un discípulo de Jesús a fin de ganar el favor de la multitud hostil? ¿Estaba haciendo el papel de un hipócrita o no? Un pastor visitó a un oficial de gobierno en sus oficinas para hablarle de la necesidad de dar su corazón a Dios. El hombre era conocido como una persona moral y un funcionario público muy competente. Su esposa era un miembro activo de la iglesia, pero él no lo era. El hombre replicó: «Yo soy cristiano pues he confiado en Jesús como mi Salvador.» El pastor le dijo: «¿Ha confesado usted alguna vez su fe en público? ¿Se ha bautizado usted? ¿Se ha unido usted a la iglesia local?» A todas estas preguntas contestó negativamente. El pastor continuó: «Cómo me alegra saber que usted es un creyente. La gente de esta provincia lo tiene a usted en gran estima, pero la opinión general es que usted no es cristiano. ¿No le gustaría confesar a Cristo públicamente, y obedecer sus mandamientos con referencia al bautismo y a la membresía de la iglesia?» El replicó: «No, me temo que si lo hiciera sería un hipócrita.» El pastor trató de hacerle ver que, al contrario, si él era un cristiano y dejaba que la gente pensara que no lo era estaba actuando, con hipocresía. En esa ocasión no tuvo éxito, pero más tarde el hombre hizo una confesión pública de su fe. Jesús no desea que una persona profese una fe que no posee; pero sí manda a los creyentes que lo confiesen delante de los hombres.

C. Que vuestra luz brille de modo que glorifiquéis a Dios. La lámpara no es para ser agitada a la puerta para llamar la atención sobre sí misma. Tampoco debe ser puesta de modo que la luz la ilumine para que la gente exclame: » ¡Qué hermosa lámpara!» Debe ser colocada sobre el candelero en el mejor lugar de la habitación donde proporcione la mejor iluminación posible y a la vez atraiga me­ nos atención hacia sí misma. No es fácil para el cristiano el hacer buenas obras en forma callada de modo que la gente alabe a Dios más bien que a él mismo, pero esto es exactamente lo que se nos manda. Por cierto, que entre las formas de hacer una confesión pública está el bautismo, unirse a la iglesia, y ser un miembro activo, participando en el culto y sirviendo y adorando al Señor en todo lo que esté dentro de las posibilidades. Uno debe esforzarse personalmente y también como miembro de la iglesia para hacer todo lo que Jesús ha mandado.

III. INFLUENCIA CONSCIENTE E INCONSCIENTE

Hace muchos años el Dr. Horace Bushnell predicó un maravilloso sermón sobre «El poder de la in­ fluencia inconsciente». Él se refería a la influencia que se ejerce sin que nos demos cuenta de que estamos influyendo en otros. La influencia consciente es la que se ejerce sabiendo que lo estamos haciendo, como cuando predicamos o enseñamos. Cuando ambos tipos de influencia se producen jun­ tos, se trata de algo muy poderoso. Cuando están en conflicto casi siempre la influencia inconsciente resulta más fuerte. El ejemplo es más persuasivo que el precepto. El Dr. Bushnell usó el pasaje de Juan 20:1-10. Simón Pedro y Juan oyeron de la tumba vacía por medio de María Magdalena, y ambos corrieron para comprobarlo. Juan llegó primero, pero aguardó tímidamente a la entrada de la tumba, contentándose con echar miradas ansiosas a su interior. Cuando Pedro llegó se metió adentro Sin titubear. «Entonces entró también el otro discípulo, que había venido Primero al sepulcro; y vio y creyó» (Juan 20:8). ¿Hubiera entrado Juan a no haberlo hecho Pedro? ¿Supo Pedro que él había influenciado en Juan para entrar? Tal es el poder del ejemplo. Una joven que había estado actuando como directora de la Unión Bautista de Estudiantes en cierta ciudad, tomó un ómnibus y le entregó un dólar al joven conductor. Recibió su boleto y el cambio. Al llegar a su asiento y contar el dinero comprobó que le había devuelto diez céntimos de más. Tan pronto como pudo se acercó al conductor y le devolvió la moneda diciendo: “Me dio de más en el cambio”. Él se sonrió y contestó: “Lo sé, señorita. La he estado escuchando en algunas de sus conferencias y quería ver si practicaba lo que predica.” Ella se volvió al asiento y pensó: “¡Qué fácilmente podría haber crucificado a mi Señor por una moneda!” Una jovencita fue invitada por uno de los jugadores del equipo de fútbol de su universidad, quien en esos momentos era tenido como el muchacho más importante de la temporada. Él trató de hacerla obrar de forma indecorosa, pero ella rehusó y le explicó por qué, dándole al mismo tiempo un claro testimonio de su fe en Cristo. El joven se sintió tocado y esa misma noche encontró a Cristo con la ayuda del capellán de la universidad. Ella había dejado que su luz brillara para glorificar a Dios. En una ocasión, cuando se llevaban a cabo ciertas reuniones, el predicador visitante extendió una invitación al terminar su mensaje. Un hombre en el auditorio habló a otro y luego se acercaron los dos al frente; el segundo confesó su fe en el Señor. Después del servicio un miembro de la iglesia explicó: El hombre que se había convertido había estado en la prisión por fraude cometido contra la firma donde trabajaba. Mientras estaba en la cárcel, el dueño de la compañía se interesó por su familia, visitándoles y hablándoles de Cristo. Fue él quien lo trajo al frente esa noche. Él había hecho brillar su luz para glorificar a Dios.

CONCLUSIÓN. Nadie puede testificar para Cristo a menos que sea un cristiano. Si uno es auténtico y sincero no debe temer; su influencia inconsciente siempre será buena. Vosotros sois luces. “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:16). El Espíritu Santo promete ayudar a los cristianos en esa difícil y responsable posición.