La Biblia y la Realidad Latinoamericana

La Biblia y la Realidad Latinoamericana

LA BIBLIA Y LA REALIDAD LATINOAMERICANA

 Comenzar esta presentación haciendo referencia a los datos económicos y sociales, que nos ayuden a analizar la realidad latinoamericana actual, resulta ocioso y reiterativo. Primero, porque casi todos los latinoamericanos somos más que conscientes de la realidad que vivimos y sufrimos; segundo, porque los datos disponibles a veces resultan tan dispares y disparatados, que no resultan para nada confiables; y, tercero, porque las visiones de los problemas que nos afectan son múltiples y lamentablemente excesivamente polarizadas. No obstante, nuestro problema no parece ser tanto la consciencia de la realidad como nuestra interpretación de la misma.

Los latinoamericanos ya tenemos en nuestra historia varias “décadas infames.” Sin embargo, no hay calificativos suficientes y adecuados para designar las décadas que siguieron a los muchos intentos de recuperación de la democracia desde mediados del siglo pasado y hasta el presente. Particularmente, en el plano económico-social, estos últimos tiempos han sido quizás de los más aciagos que se recuerden en la historia de nuestro continente.

En consecuencia, un creciente sentido de frustración y desencanto parece hacer presa de la mayoría de los latinoamericanos de la presente generación. El pasado es confuso y difícil de evaluar, mientras que en el presente se arremolinan amenazadoras las nubes oscuras de una crisis cuyos alcances son casi imposibles de imaginar. Lo más duro de todo esto es que el futuro sobre el que avanza la realidad de hoy se torna cada vez más incierto, brumoso e inquietante. El horizonte de la paz, la reconciliación, el orden, la democracia, la estabilidad económica y el bienestar general se pierde en una distancia, cuya estimación es compleja, cuando no fuera de toda posibilidad.

La visión de un porvenir feliz se ve perturbada por los espejismos de expectativas irreales e ilusorias, o por una ceguera pertinaz respecto de las efectivas posibilidades que tienen nuestros paises. Los falsos profetas que anuncian paz, cuando la realidad denuncia conflictos (como leemos en Jeremías 6.14), han aumentado. Las letanías morbosas de los pesimistas y derrotados retumban como ecos interminables en un espacio vacío de contenidos espirituales y morales, de modo tal que su sonoridad se hace todavía más patética.

Promesas y pronósticos confunden sus dispares tonalidades, para construir una amalgama ruidosa que ni alienta la esperanza ni impulsa a la acción, sino que alimenta el derrotismo, la indiferencia y el rencor. A medida que crece el debate, aumenta la solución en la atmósfera espiritual del pueblo. Las nubes grises de la desilusión y la desconfianza se juntan a la niebla persistente de la confusión e incertidumbre, creando una suerte de pantalla compacta que nubla todo brillo del sol de la esperanza, la salud de la conciencia y el vigor de la inteligencia. Un panorama de tinieblas se cierne sobre la realidad latinoamericana, sus instituciones y personas. De en medio de las sombras se oye el clamor de muchos que todavía pueden preguntar: ¿Qué podemos hacer? ¿A dónde ir? ¿Qué camino debemos andar?

En tal situación de crisis, es obvio que sean muchas las respuestas y variadas las alternativas que se ofrecen. Es necesario señalar que algunas de estas propuestas carecen de valor o significan una seria amenaza para el futuro de nuestros países. Otras son posibilidades válidas y será bueno prestarles la debida atención. No obstante, quisiera invitarles a considerar conmigo la realidad presente de América Latina, pero desde una aproximación bíblica. Para ello, deberemos, primero, establecer un criterio hermenéutico no sólo en relación con el texto sagrado, sino también en relación con la realidad. Luego, será oportuno mirar a la realidad desde una perspectiva bíblica; para, finalmente, permitir que la Biblia interpele nuestra realidad y nos dé una respuesta a la crisis que parece envolvernos.

Interpretación de la Biblia y de la realidad

Para el creyente cristiano, que observa e interpreta la realidad desde la perspectiva de su fe en Jesucristo, es inevitable plantear la pregunta sobre el sentido de esta situación de crisis. El cristiano, que fundamenta su fe en el testimonio que las Escrituras dan de Jesucristo, se pregunta cuál es el mensaje bíblico a la luz de la realidad que lo envuelve. Éste es, precisamente, el interrogante propuesto para nuestra reflexión en esta oportunidad.

La consideración de nuestro tema encierra al menos dos peligros, que es necesario advertir. Por un lado, está la posibilidad bastante atractiva de transformar esta presentación en un sermón. En tal caso, se podría armar una batería de pasajes bíblicos, que directa o indirectamente toquen cuestiones de carácter económico y social, y mediante un ejercicio hermenéutico, se procuraría aplicarlos a la presente situación con mayor o menor coherencia. En este caso, el texto bíblico sería la lente por la cual leeríamos e interpretaríamos la realidad. Por otro lado, esta presentación podría transformarse en una conferencia acerca de los problemas socio-económicos que padece el continente, en la que se elaborarían conclusiones interpretativas sobre la base de algún modelo ideológico. Una vez establecido el cuadro de la realidad, se iría al texto bíblico a fin de interpretarlo a la luz de la misma. En este caso, la realidad sería la lente a través de la cual leeríamos e interpretaríamos la Biblia. Un teólogo conservador haría lo primero, mientras que un teólogo más progresista haría lo segundo.

Creo que es posible evitar los extremos mencionados si mantenemos el texto bíblico en relación dinámica con la realidad de modo de crear una circulación hermenéutica entre ambos, que en definitiva nos permita comprender mejor la realidad y entender más adecuadamente la pertinencia del texto bíblico. En otras palabras, lo que intentaremos es una aproximación bíblica a la realidad latinoamericana actual, al tiempo que este ejercicio nos ayudará a comprender de manera más contextual el mensaje bíblico.

Conviene recordar aquí que la revelación bíblica es una revelación histórica. El Dios de la Biblia no es sólo el Dios que actuó en la historia, sino que él es también el Dios que continúa actuando en la historia. Es por ello que, el creyente, no puede dejar de lado la relevancia histórica de su fe. Pero debemos tener cuidado de no hacer un reduccionismo histórico de nuestra fe, al transformar la realidad en nuestro texto—en el primer punto de referencia teológico—y subordinar la Palabra de Dios al contexto humano. De igual modo, debemos evitar el reduccionismo bíblico de la fe, que conduce a un enfoque individualista, subjetivo y a-histórico de la fe cristiana. Esta es la debilidad de las aproximaciones cristianas fundamentalistas a la realida

Personalmente, creo que es posible una circulación hermenéutica entre las Escrituras y la realidad histórica. La situación histórica—es decir, la realidad económica, social, cultural y política latinoamericana—plantea interrogantes a la Biblia. Pero también es cierto que la Biblia tiene preguntas dirigidas a la realidad histórica. Hay, pues, una mutua interpelación que debe ser preservada en todo su dinamismo a través del proceso hermenéutico. Es por ello que estimo necesario leer la realidad a la luz de las Escrituras, y las Escrituras a la luz de la realidad.

No siempre los cristianos hemos sabido hacer este ejercicio hermenéutico. Más bien, hemos caído presa de algunas de las aproximaciones extremas antes mencionadas en nuestra reflexión sobre la realidad. Los cristianos hemos afirmado una y otra vez nuestra firme convicción sobre la sola y exclusiva autoridad de Jesucristo, conforme al testimonio de las Escrituras. Es con este entendimiento que recurrimos a la Biblia y apelamos a ella para entender la realidad. Sin embargo, en razón de que el Cristo encarnado y viviente es nuestra autoridad, el conocimiento de la realidad nos ayuda en nuestra comprensión de las Escrituras. Esta es la manera en que entendemos nuestra autoridad y mensaje.

Una teología cristiana madura procurará el ensamble de dos horizontes hermenéuticos: el horizonte del texto bíblico y el horizonte de nuestro contexto histórico. El uno sin el otro sólo puede conducir a confusión y a la pérdida de relevancia del mensaje cristiano. Para el cristiano militante, una comprensión de las Escrituras sin una comprensión del contexto histórico en el que se vive la vida y se sirve a Dios y al prójimo carece de valor para los fines del reino de Dios. Lo opuesto es igualmente cierto. Ambos horizontes interactúan constantemente y se arrojan luz el uno al otro. La cuestión no es, entonces, si debemos desarrollar una “teología de la Palabra” en oposición a una “teología de la praxis”, sino de crear una circulación hermenéutica en la que una comprensión más rica y profunda de la Biblia nos permita una comprensión mayor de la realidad histórica; y, una comprensión más profunda y rica del contexto nos ayude en un entendimiento de las Escrituras desde la situación concreta y bajo la guía del Espíritu Santo.

Vamos a considerar teológicamente estos dos horizontes, para luego procurar elaborar una síntesis de los mismos a la luz de la fe cristiana bíblica.


El horizonte de la realidad

 

La situación de crisis que afecta a América Latina no puede ser más alarmante. Tenemos el vergonzoso privilegio de estar ranqueados entre los pueblos más corruptos del planeta. Según el Índice de Percepción de Corrupción (IPC), elaborado por la organización Transparency International,varios países latinoamericanos están muy lejos de aquellos que ocupan los primeros lugares en términos de limpieza de corrupción, como Dinamarca, Finlandia y Nueva Zelanda, Sea como fuere, el resultado para la mayor parte de América Latina es un aplazo en materia de honestidad. La impresión que tenemos muchos latinoamericanos es que hemos ido de mal en peor en materia de corrupción, especialmente en lo que va de este nuevo siglo. Y no se trata de una “sensación de corrupción,” sino de corrupción lisa y llana en todas las esferas de la realidad.

Frente a esta situación real, conocida y verificada del estado de corrupción y descrédito que afecta a la sociedad latinoamericana, cabe preguntarnos qué podemos hacer. No voy a exponer las medidas políticas y económicas que deberían tomar losgobiernos para impedir el estado de corrupción prevaleciente, ni a argumentar sobre cuáles deberían ser los valores e ideales que la clase política y los funcionarios públicos tienen asumir en el cumplimiento de sus funciones. Permítanme elaborar una respuesta más global y a partir de los principios fundamentales que se presentan en la Biblia, la Palabra de Dios. Es hora de que los latinoamericanosoigamos la Palabra de Dios y la obedezcamos. Ha llegado el momento en que debemos modelar el presente y proyectar el futuro sobre una base sólida y estable. Hemos estado queriendo construir nuestros países sobre bases precarias y frágiles. Necesitamos poner de pie a nuestros países sobre sólidos fundamentos morales y espirituales. Y la única manera de hacerlo es comenzando por lo fundamental: un retorno a la guía y orientación de la Biblia, la Palabra de Dios.

Nuestro continente se auto denomina cristiano y se declara sostenedor de los principios de la fe cristiana. En la mayoría de nuestros países, los gobernantes juran fidelidad a las leyes de la Nación e integridad en el desempeño de sus responsabilidades, y certifican su voto frente a los Evangelios. Las culturas nacionales, en toda la rica gama de sus producciones, expresan muchos de los principios fundamentales que emanan de la doctrina cristiana. Un alto porcentaje de latinoamericanos(96.1%) declara creer en Dios. Sin embargo, creo que es válido preguntarnos si todo esto es real o una mera ficción bien elaborada, con la que pretendemos engañarnos a nosotros mismos.

¿Cuántos latinoamericanos, que se auto denominan cristianos, conocen la enseñanza de Cristo y la viven? ¿Cuántos de los que juran por los Evangelios han leído, siquiera una vez, el precioso contenido del libro sobre cuyas tapas apoyan sus manos? Y lo que es más importante todavía, ¿cuántos aplican a su gestión de gobierno los principios que en él se enseñan? ¿Cuántos agentes de cultura han abrevado de la Biblia los contenidos más hondos de sus creaciones? En definitiva, ¿hasta qué punto las Sagradas Escrituras son la base de nuestro ser nacional en cada país de América Latina? ¿En qué medida la Biblia y su mensaje es el código que determina nuestros principios morales y espirituales?

Me pregunto si la crisis de corrupción y falta de confianza que estamos atravesando, no es una respuesta concreta a los interrogantes que estamos planteando. Generalmente se habla de corrupción en todas las esferas de la sociedad, o para decirlo con mayor precisión, de un estado de corrupción. ¿No será que este estado de corrupción es un corolario de una situación todavía más profunda? Debemos preguntarnos si el estado de corrupción e incertidumbre latinoamericano no es expresión de una crisis moral y espiritual mucho más profunda. ¿No será que es aquí donde debemos buscar las verdaderas raíces de nuestros males actuales?

Si es así, entonces la solución debe ir a la raíz del problema. Es necesario retornar a la fuente y a la base de nuestra cultura cristiana. Es urgente volver a la Biblia y a su mensaje, y a la aplicación de sus principios eternos. Domingo Faustino Sarmiento, quien fuera un gran estudioso de la Biblia, decía: “La lectura de la Biblia echó los cimientos de la educación popular, que ha cambiado la faz de las naciones que la poseen.” Este testimonio del gran estadista argentino tiene aval bíblico en aquellas palabras del Salmo 33.10-12, que dicen: “El Señor frustra los planes de las naciones; desbarata los designios de los pueblos. Pero los planes del Señor quedan firmes para siempre; los designios de su mente son eternos. Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que escogió por su heredad.”

Después de haber considerado someramente el horizonte de la realidad, pasemos a ver el horizonte del texto bíblico.


El horizonte del texto bíblico

¿Por qué debemos volver a la Biblia? ¿Qué importancia tiene que, a todo nivel, el pueblo latinoamericano se confronte con la Palabra de Dios? Si la Biblia es el registro inspirado de la revelación que de sí mismo Dios ha hecho al ser humano, su contenido es fundamental para la construcción de naciones libres, justas y en paz. En este sentido, permítanme señalar cinco elementos básicos. Estos elementos son principios bíblicos fundamentales para el desarrollo de un proyecto político viable para nuestro continente en crisis.

En primer lugar, la Biblia es la Palabra de Dios, y como tal es palabra de libertad. El mensaje de la Biblia es Jesucristo, quien vino al mundo a traer la verdadera libertad. El mismo desafío a los líderes políticos de sus días y a todos los seres humanos, diciendo: “Si se mantienen fieles a mis enseñanzas, serán realmente mis discípulos; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres” (Juan 8.31-32).

Es necesario reconocer que hay diversas maneras de pretender alcanzar la plena libertad. Sin embargo, hay muchas falsificaciones de la libertad. No es extraño, entonces, que Jesús relacione la libertad con la verdad, y declare que aquélla es resultado de la segunda. No puede haber libertad sin el imperio de la verdad, y la verdad carece de fundamento y autoridad si no es la verdad de Dios, según la conocemos por la Biblia y a través de Jesucristo. Es imposible fabricar la libertad a partir de las opiniones de los seres humanos. Es ilusorio crear una verdad humana y constituirla en el criterio válido para la edificación de la libertad. El ser humano ha sido creado por Dios a su imagen y semejanza y, en consecuencia, no hay para él o ella otra verdad que no sea Dios mismo, ni puede vivir en otra libertad que no sea aquella que resulta de esa verdad.

Durante muchos años, los latinoamericanos hemos vivido bajo el yugo de las verdades de fabricación humana, y lejos de cosechar una libertad fecunda, nos hemos enredado en la maraña de innumerables mentiras. El estado de corrupción de los últimos años es expresión de esto. Las cadenas que nos impiden alcanzar un sueño de grandeza están construidas con los eslabones de las falacias vanas que cada generación de latinoamericanosha ido agregando en el montaje de nuestra historia.

Es urgente y vital para la salud de nuestro continente, que la verdad de Dios, tal como se presenta en la Biblia y fue vivida por Jesucristo, encuentre un lugar en la mente en el corazón y la voluntad de cada habitante de América Latina, a fin de que iluminados por ella, encontremos el camino hacia la verdadera libertad. Sólo si permanecemos en la Palabra de Dios tendremos las fuerzas y la sabiduría necesarias que nos permitan romper con las cadenas de la corrupción, que todavía nos esclavizan.

La Biblia también nos desafía a vivir la libertad con amor, es decir, con responsabilidad hacia los demás. Como bien señalara Martín Lutero en su obra La libertad cristiana: “El cristiano es libre señor de todas las cosas y no está sujeto a nadie. El cristiano es servidor de todas las cosas y está supeditado a todos.” Según Lutero, ambas afirmaciones se encuentran claramente expuestas en las palabras del apóstol Pablo, cuando escribió: “Aunque soy libre respecto a todos, de todos me he hecho esclavo para ganar a tantos como sea posible” (1 Corintios 9.19). En el mismo sentido, el apóstol amonesta en Romanos 13.8: “No tengan deudas pendientes con nadie, a no ser la de amarse unos a otros.” Cuando la libertad se expresa de manera responsable en términos de amor al prójimo se torna en una actitud servicial y humilde. Por eso, según Lutero, “la única práctica de los cristianos debería consistir precisamente en lo siguiente: grabar en su ser la Palabra y a Cristo, y ejercitarse y fortalecerse sin cesar en esta fe. No existe otra obra para el ser humano que aspire a ser cristiano.”

Tomás Jefferson, uno de los más grandes políticos en la historia de América, señaló con acierto: “La Biblia es la piedra angular de la libertad.” Por eso, una nación que abre la Biblia para seguir y obedecer su mensaje es una nación que se abre a la libertad más plena de todas, la verdadera libertad: la libertad de Dios en la persona de Jesucristo.

Arturo Capdevilla, el recordado escritor argentino fallecido en 1967, hablaba de la Biblia y su capacidad liberadora en estos términos: “Su mensaje, que es uno solo y el mismo para todos los pueblos; o sea el múltiple mensaje de la libertad, de la justicia y del amor, como principios de toda organización social, puede y debe resultar particularmente fecundo en esta América de tan bellas tradiciones de democracia y fraternidad.” Loslatinoamericanostenemos que hacer de la Biblia nuestro ayo hacia la libertad. Debemos permitir que la savia poderosa del Espíritu de Dios, que inspiró sus sagradas páginas alimente nuestro ser nacional y nutra las fibras de nuestras esperanzas alicaídas, otorgándonos así las fuerzas necesarias para vocacionarnos por la verdad a fin de llegar a gustar del fruto de la libertad.

De esta manera, la Biblia, como la Palabra de Dios, nos amonesta a vivir la libertad con responsabilidad, esto es, a ligarla con la verdad y el amor al prójimo. El último párrafo en el tratado de Lutero sobre la libertad cristiana cierra con estas palabras: “Se deduce de todo lo dicho que el cristiano no vive en sí mismo, sino en Cristo y el prójimo; en Cristo por la fe, en el prójimo por el amor. Por la fe sale el cristiano de sí mismo y va a Dios; de Dios desciende el cristiano al prójimo por el amor. Pero siempre permanece en Dios y en el amor divino, como Cristo dice: ‘Ciertamente les aseguro que ustedes verán abrirse el cielo, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre’ (Juan 1.51). He aquí la libertad verdadera, espiritual y cristiana que libra al corazón de todo pecado, mandamiento y ley; la libertad que supera a toda otra como los cielos superan la tierra. ¡Quiera Dios hacernos comprender esa libertad y que la conservemos! Amén.”

En segundo lugar, la Biblia es la Palabra de Dios y como tal es palabra de justicia. Una vez más, no puede haber justicia si la verdad se ve mancillada por el engaño, el ocultamiento, las promesas falsas, los intereses mezquinos, la complicidad con la mentira, el enriquecimiento ilícito, la distorsión de los hechos, en definitiva, la corrupción. En uno de los poemas más preciosos  que hay en la Biblia sobre la Palabra de Dios, el poeta declara: “Señor, tú eres justo, y tus juicios son rectos. Justos son los estatutos que has ordenado, y muy dignos de confianza. … Tus promesas han superado muchas pruebas, por eso tu siervo las ama. … Tu justicia es siempre justa; tu ley es la verdad. … Tus estatutos son siempre justos” (Salmo 119.137-138, 140, 142, 144).

En estos versos vemos la relación que existe entre la Palabra de Dios, la verdad y la justicia. Es imposible el impero de la justicia sin una vivencia profunda de la verdad. Bien decía José Ingenieros, el desatacado escritor y sociólogo argentino: “No teniendo valor para la verdad es imposible tenerlo para la justicia.” Por eso la verdad precede a la justicia en el plano de las realizaciones humanas.

Y no hay otra verdad válida que no sea la verdad de Dios, según él la reveló en Jesucristo conforme está registrado en su Palabra, la Biblia.

Los seres humanos podrán pretender ocultar sus errores y olvidar sus pecados; querrán frustrar el juicio de la historia y silenciar el clamor de quienes han visto sus derechos violados; pretenderán incluso resistirse al juicio de los hombres o lavar sus manos en el agua turbia de las justificaciones carnales; pero nadie podrá jamás pasar por alto el juicio del Dios justo cuya justicia es eterna y cuyos juicios registrados en la Biblia nadie puede torcer. Nadie puede coimear a Dios. No nos engañemos; Dios no puede ser burlado y todo lo que el ser humano siembra, eso también segará. Esto es lo que dice el apóstol Pablo en Gálatas 6.7: “No se engañen: de Dios nadie se burla. Cada uno cosecha lo que siembra.”

Una nación que abandona la Palabra de verdad y crea un estado de mentira y corrupción no puede esperar un orden de justicia. Un pueblo que no aprende de Dios y su Palabra a vivir en la verdad, no está en condiciones de transitar por las sendas de la justicia. Una de las promesas proféticas más extraordinarias de la Biblia en cuanto al Mesías es precisamente que él “por medio de la verdad traerá justicia” (Isaías 42.3, RVR).

Es precisamente esto lo que necesitamos hoy en América Latina. Es ésta la esperanza que el evangelio cristiano tiene para ofrecer a cada país frente al estado de corrupción que nos agobia. Decía el profeta Isaías hablando del Mesías: “Éste es mi siervo, a quien sostengo, mi escogido, en quien me deleito; sobre él he puesto mi Espíritu, y llevará justicia a las naciones … por medio de la verdad traerá justicia” (Isaías 42.1-3).

Además, así como hay una relación estrecha entre la justicia y la verdad, también la hay entre la justicia y la conducta. A través del profeta Jeremías, Dios invita a efectuar cambios radicales en la conducta personal y colectiva. Él nos dice en Jeremías 7.3: “Enmienden su conducta y sus acciones.” Tres cosas se destacan en la apelación profética en los vv. 5 y 6: “Si en verdad enmiendan su conducta y sus acciones, si en verdad practican la justicia los unos con los otros, si no oprimen al extranjero ni al huérfano ni a la viuda, si no derraman sangre inocente … ni siguen a otros dioses para su propio mal.” Y estas tres cosas tienen que ver con la administración de la justicia en la nación y se conjugan en la demanda de una práctica auténtica de la voluntad divina. Primero, necesitamos en América Latina justicia en el trato a los oprimidos y marginados en la sociedad, es decir, en la manera en que practicamos la justicia social tratando bien a los más necesitados. Segundo, necesitamos en América Latina justicia en el trato a los inocentes y a quienes no tienen voz en la sociedad, es decir, en la manera en que practicamos la justicia legal o jurídica con las personas que han sufrido el crimen, la violencia, el robo, el abuso, la explotación, la opresión o la estafa. Tercero, necesitamos en América Latina justicia en el trato con Dios y en la adoración que se le debe rendir, es decir, en la manera en que practicamos la justicia espiritual desarrollando una religión experiencial y no formal, espiritual y no idolátrica y materialista. Si logramos “practicar la justicia los unos con los otros,” entonces se hará realidad la promesa divina que acompaña a estos versículos: “Entonces los dejaré seguir viviendo en este país, en la tierra que di a sus antepasados para siempre” (v. 7).

Volvamos nuestros ojos y nuestra fe a Jesucristo, el Mesías y Señor. Permitamos que su verdad acerca de nosotros como pecadores y sobre él como Redentor nos inunde y se geste en nuestra vida y en nuestra nación la verdadera justicia de Dios. Dejemos que el Espíritu de Dios despeje las sombras de nuestras mentiras y corrupción con la luz de la verdad de su evangelio y hagamos de nuestras vidas un ámbito propicio para que su justicia se exprese en toda su magnitud y grandeza.

En tercer lugar, la Biblia es la Palabra de Dios, y como tal es palabra de paz. Es imposible la paz si no hay justicia y libertad. La Biblia dice con claridad: “El producto de la justicia será la paz; tranquilidad y seguridad perpetuas serán su fruto. Mi pueblo habitará en un lugar de paz, en moradas, seguras, en serenos lugares de reposo” (Isaías 32.17-18).

Hoy, muchas naciones del mundo están procurando su paz y seguridad al costo de la libertad de miles de seres humanos y violando los más elementales principios de la justicia. Entendamos de una vez por todas el juicio de la historia y la exhortación de la Palabra de Dios: el camino de la paz no es ajeno al de la libertad y el de la justicia. La paz y la seguridad interna y externa de cada Nación no se logra por la eliminación de la disidencia, la uniformidad de los criterios, el triunfo sobre los enemigos o la represión indiscriminada de la heterodoxia. De nuevo, la Biblia nos muestra un camino diferente, el camino de Dios.

Dice el salmista: “El amor y la verdad se encontrarán; se besarán la paz y la justicia. De la tierra brotará la verdad, y desde el cielo se asomará la justicia. El Señor mismo nos dará bienestar, y nuestra tierra rendirá su fruto. La justicia será su heraldo y le preparará el camino” (Salmo 85.10-13).

La paz es una creación divina y no un logro humano. Nos llega a los seres humanos como un don del cielo y no como un producto de la tierra. Fue Jesucristo quien dijo: “La paz les dejo; mi paz les doy. Yo no se la doy a ustedes como la da el mundo. No se angustien ni se acobarden” (Juan 14.27).

Es ésta la paz que necesitamos los argentinos: la paz de Dios. Una paz que, al igual que la libertad y la justicia, es fruto de la verdad de Dios, según se revela en la Biblia: “Los que aman tu enseñanza gozan de mucha paz, y nada los hace caer” (Salmo 119.165, VP).

Esta paz de Dios es el resultado de una profunda reconciliación, pero de una reconciliación de dimensión vertical antes que horizontal. No es el resultado de los acuerdos y componendas a los que somos tan afectos los seres humanos. No es el fruto del sometimiento y la humillación del enemigo, ni del silencio y aniquilación de los contrarios. La paz de Dios se gesta primero en el corazón del hombre y la mujer que, arrepentidos de sus pecados, buscan por la fe en Jesucristo como Señor, reconciliarse con Dios.

Una vez que el ser humano está en buenas relaciones con Dios por medio de la fe, la paz de Dios y con Dios se torna en una feliz realidad. Ahora sí la persona reconciliada con Dios puede reconciliarse con su prójimo. Su promoción de la paz con los demás es el producto de algo que ya tiene y en cuya atmósfera vive: la paz de Dios. Comentando las palabras de Jesús en Juan 14.27, Martín Lutero afirma: “Cualquiera que pueda creer y captar esto con todo su corazón sentirá y experimentará realmente tal paz. Podrá juzgar bien y concluir que todos los pensamientos que describen a Cristo como si estuviese enojado con él y con el deseo de condenarlo vienen del diablo. Porque Cristo dirige estas palabras contra tales pensamientos, como si él estuviera diciendo: ‘Después de todo, ustedes jamás me han visto u oído pronunciar una palabra no amistosa o algo no bueno para ustedes. Ustedes no han sido testigos de otra cosa que de gracia y amor. ¿Por qué, entonces, no van a estar felices y de buen ánimo? ¿Por qué, pues, están inquietos, temerosos y desanimados? Ustedes no tienen motivo alguno para su inquietud, porque no han encontrado otra cosa que amor y paz en mi asociación con ustedes.”

No nos conformemos con otra paz que no sea ésta. No aceptemos mendrugos de paz cuando Dios tiene preparado para nosotros el banquete de su paz. Jesús dijo: “Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5.9). Propongámonos ser activos promotores de la paz, fundados en la verdad de la Palabra de Dios, que es palabra de paz y reconciliación a través de Jesucristo.

Conclusión

Todos soñamos con una América Latina mejor. Todos queremos vivir en países moralmente sanos y espiritualmente fuertes. Anhelamos un orden social, económico y político que esté signado por la verdad, la libertad, la justicia y la paz. Frente al estado de corrupción que parece sepultarnos en las condiciones del subdesarrollo y la anarquía moral, ¿existe alguna alternativa de esperanza? Desde la fe cristiana respondemos que sí.

Hay esperanza si nos volvemos a la Biblia y buscamos en ella la verdad que nos enseñe el camino hacia la libertad, la justicia, la paz y el amor. Hay esperanza si abrimos nuestra vida a esta verdad y permitimos que ella nos penetre y domine. Hay esperanza si sometemos nuestra vida al señorío de Jesucristo, que es el mensaje de la Biblia, y le reconocemos como nuestro Salvador. Dijo Jesús: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida” (Juan 14.16). Allí está la fuente a donde debemos recurrir para refrescar nuestros espíritus abatidos y para encontrar la luz que disipe nuestras sombras.

Jesucristo es la Palabra de Dios hecha carne, que nos interpela en nuestra necesidad y que, conforme al testimonio de la Biblia, se nos ofrece con toda la amplitud de su gran amor, para ayudarnos a construir una nueva vida y un mundo mejor. Con fe sincera, volvamos nuestros ojos a él, quien se entregó en sacrificio sobre una cruz, a fin de permitir para cada uno de nosotros una vida plena y abundante. Confiemos en su poder redentor, que es capaz de cambiar las circunstancias, porque tiene la virtud de transformar a las personas y hacer de ellas nuevas criaturas. Guiados por su mano, aprendamos a soñar con una Argentina libre, justa y en paz, que se desarrolle bajo el imperio de la verdad y la ley del amor, y donde la Palabra de Dios modele el pensamiento y la acción.

Que el mensaje de la Biblia sea un renovado fermento para la madurez y el desarrollo espiritual de cada uno de nosotros como ciudadanos de nuestra bendita América Latina. Que así sea.

2019. Pablo A. Deiros.

 

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